martes, 17 de marzo de 2009
EL MIRADERO 2
Yo pensaba que Moneo iba a conseguir asombrarnos con alguna solución arquitectónica que no dejara impasible a nadie, con alguna solución estética que removiera nuestras entrañas y nos sacara del aletargamiento arquitectónico que sufre Toledo.
Creo que la arquitectura contemporánea en esta ciudad podría ser algo más que hormigón visto, si alguien se atreviera a desafiar esa norma no escrita. Integración si, hastío no.
miércoles, 11 de marzo de 2009
MI BLABLABLÁ FRENTE A BLU
Parece ser que el corazón se endurece con el tiempo a la par que la razón se torna más desconfiada y los sentidos más perezosos y altaneros; menos alegres y extrovertidos. Ya no reciben casi todo lo que les llega con el mismo agrado y la misma blancura que antaño, cuando éramos jóvenes. Y parece también que lo que nos emocionó en el pasado ya no nos emociona de la misma manera hoy; que el cariño por los objetos, las imágenes, las texturas, los sonidos y los olores se desgasta.
El paso del tiempo nos vuelve descreídos, nos revela la verdad de las cosas y las torna grises e impuras (nos hace perder la inocencia). Nos obliga a cuestionarnos las leyes que rigieron nuestro pasado. Y esperamos a que lleguen estímulos nuevos; verdades nuevas; leyes nuevas. Y recurrimos a las antiguas y ya no valen, o al menos no como antes. Apenas nos queda el recuerdo de cómo las sentíamos y las amábamos, casi como algo extraño; como una bofetada.
Cada estímulo parece hoy más complicado de despertar (ayer era, sin embargo, el pan nuestro de cada día). Aunque eso no nos amedrenta a la hora de buscar nuevos alientos que nos motiven y nos mantengan en la brecha.
El gusto por cualquier cosa es algo que se crea, se transforma y se destruye. A veces nos resistimos a abandonar el amor por una obra y volvemos a ella una y otra vez esforzándonos por sentir lo que sentíamos antaño. Es costumbre entre los mortales guardar copias de las obras que les gustan. Llegado un punto rara vez se revisarán y si se hiciera, debería ser con cuidado, pues la revisión continuada podría hacerles perecer en sus sentimientos. Podría volver las obras invisibles o estériles las sensaciones de estos. Ese acto reiterado las va volviendo contra ellos. Porque, aunque todos (sibilas y humanos) estamos hechos de sentimientos y sensaciones, éstas no son eternas y deben renovarse. Debe haber una búsqueda continua. Esto es algo que no podemos abandonar.
De otro lado, tal vez por eso tratemos de pasar a los demás el cariño por ellas, con la intención de prolongar un poco más el propio. A veces vemos cómo alguien sigue una senda semejante a la nuestra y descubre la verdad de algo de la misma manera en que lo hicimos nosotros. Ver sus límpidas sensaciones, su amor naciente, nos ayuda levemente a revivir de alguna manera las nuestras, ahora en proceso de oxidación.
A veces sentimos con la memoria y no con el corazón.
Las cosas son como son y no hay nada más en ellas. El resto lo ponemos nosotros. Las cosas tienen tantas almas como observadores y el aspecto externo gana terreno al aspecto sentimental con el discurrir de los años. El valor de las cosas va quedando en el camino para nosotros. El patrimonio indiscutible está en la materia. El otro tenemos que prenderlo en los demás.
En el presente de todos cada nuevo puñetazo de frescas emociones/sensaciones es un puto alivio, aparte de una tremenda alegría, porque ésta es la materia de la que están hechas la inercia vital, la salud (la otra), la voluntad, la ilusión y las ganas de vivir; una señal de avance, de no-estancamiento.
Por eso hay que incidir en los sentimientos cuando estos están receptivos; hay que morir (si se quiere, en sentido figurado) cuando se moriría por algo.
No sé si Blu tiene en mente todo esto cuando trabaja, pero es lo que me ha dado por pensar cuando he visto sus animaciones. Blu, es el nombre con el que se conoce a un artista argentino que proviene del mundo del grafiti. Su arte callejero ha ido derivando hasta la animación. Resulta sorprendente y maravilloso ver como esos dibujos tan interesantes cobran vida en los muros de tapias y edificios anodinos.
Blu pinta algo, pone el cariño en algo que va a destruir tras hacerle una foto, en favor de su cinética posterior. Destruye su obra sepultándola bajo otra nueva; y de ella sólo queda el testimonio de la imagen fotográfica.
En ocasiones, en un frame (fotograma; fotografía), aparecen transeúntes, espectadores ocasionales; amigos. A Blu no le importa. Embellecen el producto y le confieren un carácter extraño. Por un lado le proporcionan autenticidad. Por otro resaltan el concepto de efímero; de algo puntual que está sucediendo allí y en aquel momento; sin posibilidad de repetición.
Asombra la duración de las animaciones, que ronda los siete u ocho minutos. Eso revela la capacidad de sacrificio de Blu. Su compromiso. Su colosal trabajo. Huelga decir que hacen falta muchas (muchísimas) pinturas para conseguir una animación de siete u ocho minutos.
Por otro lado, lo hace a la vista de todos. Compartiéndolo, dando la posibilidad a los demás de ser parte esencial de la obra.
Un matiz fundamental por lo que emociona una obra artística es porque la sabemos hecha por alguien; por un semejante. Emociona pensar en la pasión puesta por ese alguien; en su latido en cada gesto; en su forma de vivirla. Cabe pensar en la bondad de su arte; en sus intenciones; en su sinceridad; en su verdad. En Blu todo eso es constatable de primera mano.
Existe en el ser humano la necesidad de perpetuar la belleza, tal vez por su fe en que ésta sea un vehículo de felicidad. Pero qué pasa con la belleza efímera. Ésta crea un estado de ansiedad pues no podemos apropiárnosla. El arte efímero no tiene la oportunidad de envejecer y de echarle un pulso al cariño; ese que puede que se borre con el tiempo.
Es cierto que siempre queda testimonio, ya sea fotográfico, videográfico o de cualquier otra índole. Pero la obra original se pierde para siempre. Y los que han asistido pueden guardarla en la memoria con todos sus detalles por un tiempo limitado. Luego se va deshaciendo, se va desenfocando, empañando (lo que se ha registrado es otra cosa). Y aunque se nos va otro vehículo de felicidad, cabe la posibilidad de pensar que mereció la pena y qué es mejor así. Ahora, hay que afanarse en tropezar con otro.
martes, 10 de marzo de 2009
EL MIRADERO
El tiempo pasa. Su paso se hace notar en los humanos y en sus ciudades. Las sibilas nos mantenemos inalterables, pero observamos como cambia el mundo a nuestro alrededor. Incluso una ciudad milenaria como Toledo, donde el tiempo parece haberse detenido en cada callejón y cada plaza, de vez en cuando nos muestra que se hace mayor y tiene que hacerse pequeñas reparaciones como les ocurre a los mortales. Esta mañana nos hemos paseado por Toledo y hemos visto algo diferente. El conocido Paseo del Miradero de la ciudad de Toledo se ha hecho un cambio de cara y el artífice es el arquitecto Rafael Moneo. Los cambios son cambios, da igual si nos gustan más o menos, las sibilas tenemos toda una eternidad para ver como, sobre el edificio de Moneo dentro de un siglo, se alzara otro y después otro y así sucesivamente. Para los Toledanos han sido cien años viendo envejecer el paseo del Miradero para nosotras sólo ha sido un parpadeo y el Miradero ha cambiado. Cuando volvamos a parpadear y a mirar hacia Toledo, el Miradero se habrá hecho aun más viejo y los humanos, como siempre, le habrán quitado las arrugas.



viernes, 6 de marzo de 2009
A TODOS LOS CORAZONES SIN CONSUELO
por todos mis errores
por mis mil contradicciones
por las puertas que crucé
discúlpame
por quererte igual que antes
por no poder callarme
ni siquiera hoy lo haré
hay demasiados
corazones sin consuelo
es demasiado frío este momento
cuando siento que te pierdo
entiéndeme
por todas mis locuras
fueron la mitad mas una
de las que te he visto hacer
discúlpame
si te duele lo que veo
demasiados buitres negros
tu eres demasiado bueno para ellos
tu eres demasiado bueno para ellos
hay demasiados
corazones sin consuelo
es demasiado frío este momento
cuando siento que te pierdo
hay demasiados
corazones sin consuelo
es demasiado frío este momento
hay demasiados
corazones sin consuelo
es demasiado frío este momento
cuando siento que te pierdo
viernes, 13 de febrero de 2009
MARKETING MIX
Ismael me enseñó lo que era chiflar (preparar) una piel para encuadernar un libro. Me contó como había chiflado las pieles que usaba para forrar las cubiertas de algunos libros; me hablaba de un pequeño telar, de cómo tintaba las guardas a mano o de cómo confeccionaba los diferentes estuches que embellecían varios de los libros que me mostró. Me contaba cómo restauraba las páginas de algunos libros viejos con papel de fumar y cuánto apreciaba la calidad de una buena impresión o la bonita composición de una página.
Lo que habría dado por ser él en aquel momento. Podía entender todo lo que me contaba.
Con el máximo respeto de que fui capaz le pregunté si aquello le daba para vivir. Me contestó que no era rico, pero que era feliz.
“Joder, ¿qué no es bastante?”, pensé yo.
Aquello me recordó un desagradable episodio que me había sucedido unos días antes. Una importante editorial ha lanzado recientemente al mercado una colección para celebrar su no sé cuántos aniversario. La oferta de lanzamiento era barata y no por ser ésta una tramposa práctica habitual consiguió reprimirme. Se vendía por poco dinero un libro de un autor americano (que vende bien fuera) y el catálogo de la editorial, ambos en pasta dura. Los compré, como digo.
Aquella producción a gran escala, estudiada y diseñada para vender mucho, traía consigo una merma en la calidad de los productos (de los libros en este caso). La tipografía, por ejemplo, estaba empastada en algunas páginas y descolorida en otras. La anodina encuadernación, evidenciaba además las marcas de algo hecho en serie, rápidamente y sin cuidado. Los libros tenían golpes y raspaduras. Y no eran ese tipo de marcas que van haciendo el uso y la edad y que embellecen toda superficie, sino que eran de esas otras hechas por la prisa y el descuido y que confieren un aspecto desalmado a todo lo que tocan. Aquellos libros eran como ladrillos. No invitaban a la lectura. No eran objetos cálidos. No tenían aspecto de querer transportarnos a otros lugares y contarnos interesantes historias que les ocurren a otras gentes.
Recapacité sobre Ismael y de repente se me revelaron horribles todas aquellas teorías del marketing mix que había leído y oído en múltiples ocasiones.
El libre mercado (la sociedad de consumo, el capitalismo, bla bla bla) y su arma más potente, el marketing, nos han convencido a unos de que el objetivo es vender; ganar y hacer ganar; amasar cantidades obscenas de pasta; independientemente de lo que se venda. Y nos ha convencido también de que el que pretenda estar fuera de esto es un ingenuo o un retrasado mental (o las dos cosas).
A los de enfrente, a los consumidores, también nos ha envenenado. Nos ha hecho creer que el fin es comprar ciega y compulsivamente, en contra de un consumo racional-inteligente-exigente, que vaya más allá de los fx publicitarios.
A veces no me queda otro remedio que pensar que las tesis del marketing mix son una aberración nacida de este modelo de sociedad. Con una sensibilidad cínica (porque no es tal sensibilidad) sólo piensa en abastecer-contentar-noquear las necesidades (léase necedades) más primitivas de consumo del ser humano, sin poner mucha alma en la tarea; sin pensar realmente en la felicidad que tal servicio o producto podría aportarle al receptor final, sino en el beneficio que reportará si se ofrece lo que, por otra parte, se induce a demandar, envuelto con luces de neón.
El Marketing ampara infamias tales como pensar, a la hora de montar una empresa o idear un producto, única y fríamente en lo que demanda el público, por delante de nuestras habilidades y deseos naturales, esos en los que nos gustaría poner todo nuestro empeño y cariño. Nos alecciona el marketing para que rastreemos una necesidad en el mercado y automáticamente la satisfagamos. Parece el mundo al revés.
Hacer lo que uno desea y ofrecer a otro lo que quiere y a veces no encuentra, deja felices a ambos.
Tal y como Ismael lo veía se trata de cubrir unas necesidades de felicidad por ambas partes, en vez de cubrir las necesidades consumistas de ciertos clientes de plástico, provocadas por un espejismo publicitario muy probablemente.
Por otro lado, ganar más pasta de lo necesario es algo innecesario por definición. Y lo innecesario, lo superfluo, se termina volviendo en nuestra contra más tarde o más temprano, por una causa o por otra.
martes, 3 de febrero de 2009
LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SABER
Yo tengo mala memoria, como casi todo el mundo. Los que dicen lo contrario es porque no recuerdan lo que han olvidado.
Aprendemos poquito, despacito y lo olvidamos pronto. De lo que hemos aprendido a lo largo de un año no recordamos casi nada al siguiente. De hecho parece ser que la sabiduría y la memoria son primas hermanas.
Una vez nos examinaron de lo aprendido en primero en tercer curso y nadie aprobó. Escasamente aprendemos lo que es fruto de una rutina. Toda una vida entera superando pruebas y gastando un tiempo inútil como Ulises. Somos unos tontos jodios que nos creemos más listos que el de enfrente porque tuvimos las santas narices de enfrentarnos a una dura prueba intelectual (y la superamos) un día de nuestras vidas.
Y estudiamos masters y cursos de apoyo y aprendemos más y olvidamos más y gastamos más tiempo. “Explíquenme lo que tengo que hacer, lo aprendo, lo hago y se acabó. De ocupar el resto del tiempo ya me encargo yo”.
No se puede tener demasiada fe en los conocimientos adquiridos porque estos, al contrario que la energía, se crean y se destruyen continuamente. Parece que el saber sí ocupa lugar. Y que la letra no entra con sangre, o tal vez puede que entre, pero sale inmediatamente como alma que lleva el diablo, por principios. Los conocimientos que no se ejercitan de alguna manera se volatilizan en nuestro cerebro sin apenas percibirlo; se borran sin más; van a la papelera.Conozco casos de personas con cargos importantes que han superado duras oposiciones o fuertes carreras, que confiesan que si tuvieran que hacerlo otra vez no saben si lo harían. No están muy seguros de que haya merecido la pena el esfuerzo.
¿Por qué valoramos tanto los conocimientos adquiridos? ¿Y los de los demás?
Ahora parece que a las amas de casa y a la gente que ha cuidado enfermos se les van a reconocer esos conocimientos empíricos y se les van a convalidar para acercarles a un centro oficial y que acaben unos estudios que puta falta les hacen, para que les den un título que puta falta les debería hacer, para que lo tengan mejor a la hora de conseguir un empleo. Pero qué cojones, el empleo deberían dárselo ya, antes de que olviden lo que saben hacer.
Pero si nos acojonamos cuando tenemos que hacer una división por dos cifras con un lápiz y un papel. Y eso es de preescolar.
Y es que al final sabemos cuatro cosas. Y el caso es que nos bastan. Para el día a día echamos mano de un arma de la que a veces parece asustarnos depender: la capacidad de pensar; el sentido común. Eso sí que no se olvida; eso sí se renueva.
Recuerdo una anécdota de una carrera. Fue en un examen de cálculo. Y aquella carrera no era precisamente de ciencias. De hecho era una de esas asignaturas que están en los planes de estudios para tocarle a una las narices.
Yo no había ido por clase en todo el cuatrimestre como era costumbre. Había fotocopiado los apuntes de alguna bienpensada que sí lo había hecho, me había hecho con los exámenes de otros años y allí estaba, sentada, esperando nerviosa mi hoja de examen.
De pronto va el tío y antes de repartir los exámenes nos dice que no podemos usar la calculadora. “¡No me jodas macho!”. No me lo podía creer.
Me puse a hacer el examen y al momento ya no me fiaba de nada. No estaba segura de si 8 + 9 eran 17 o qué puñetas eran.
Sin embargo, me sonreía. Pensaba en la jugada y me reía. Era la primera vez en toda la semana que dedicaba unos minutos a pensar de verdad. Aquel tipo sólo pretendía que confiáramos en nosotros mismos y en nuestras habilidades. Me di cuenta de que el examen lo había preparado mal: Tenía que haber empezado mucho más atrás, repasando la suma, la resta, la multiplicación y la división. Caí en la cuenta de que estaba allí, en mitad de una carrera universitaria, y no sabía ni dividir si no tenía una máquina cerca. Aquella revelación hubiera sido suficiente para abandonar la carrera si hubiera tenido una pizca de valentía. Pero la acabé.
Salí de aquel examen con una sensación extraña. Empecé a pensar en todo lo que había estudiado hasta entonces. En todo lo que había superado hasta llegar allí. En los conocimientos que se me suponían y que no tenía. En lo puta y frágil que era mi memoria.
Hace unos días oí una noticia que me recordó todo esto. Según los resultados extraídos de un reciente estudio, si volviéramos a examinarnos del carnet de conducir, suspenderíamos prácticamente todos. La cosa era obvia, pero alguien se entretuvo en corroborarlo. Volví a caer en la cuenta entonces de que, efectivamente, salvo lo de montar en bicicleta, lo demás se olvida todo más tarde o más temprano.
Hoy hago la o con un canuto. Hace muchos años que vengo haciendo la o con un canuto. No invertí más tiempo en doctorarme o masterizarme. De hecho, a fecha de hoy, no sé hacer otra cosa que la o con un canuto, pero qué bien me sale la puta o con un canuto y qué feliz me hace.
Y me preguntan en el trivial y digo, joder, si esto lo estudié en algún momento. Pero nada, ni puta idea. Y mi sobrina, que tiene quince años, contesta con una sonrisa burlona.
Pues mira bonita, no voy a repasar eso porque no me interesa y exige un esfuerzo intelectual y yo hace tiempo que suelo elegir mis esfuerzos intelectuales.
viernes, 23 de enero de 2009
EL ARTE DE EQUIVOCARSE
martes, 13 de enero de 2009
LA NUEVA ÓPERA
Nuevos vientos soplan para la ópera. Un espectáculo que cuenta ya con 400 años de existencia evidentemente debe evolucionar con el paso del tiempo. La imagen clásica, a menudo errónea, de sopranos orondas y tenores barbudos estáticos en un escenario cantando sin mostrar emoción alguna ha pasado a mejor vida. La “nueva ópera” se ha convertido en un espectáculo llamativo y a veces grotesco donde unos y unas cantantes de muy buen ver hacen toda suerte de actos incoherentes sobre el escenario bajo el mando del director de escena. El director de escena se ocupa en un montaje de opera de todos los aspectos puramente teatrales del mismo. A saber: actuación de los cantantes e indicaciones sobre vestuario, decorados e incluso iluminación. Es decir, lo que vemos sobre el escenario. De lo que escuchamos sobre el escenario se ocupa el director musical. La dictadura de los directores de escena está alcanzando cotas que rayan el absurdo. Mal está que un cantante que representa a Don Juan esté estático sobre un escenario con la mirada perdida mientras se le van a llevar a los infiernos. Pero no está mejor que este tipo esté comiendo pizza y dando saltos como una rana ante la misma situación. Desde hace unos años los directores de escena han tomado la costumbre de presentar las óperas en otra época diferente de la marcada en los libretos originales. Este hecho hace que gran parte de los argumentos queden difuminados y enrevesados ante una acción y un vestuario que nada tiene que ver con las palabras y los hechos que representan los cantantes en escena. Ejemplos hay a cientos, y no siempre con un resultado negativo, pero entre los poco afortunados suele estar casi siempre Calixto Bieito. Sus montajes de ópera van desde lo ingenioso y efectivo a lo ridículo y absurdo. Como muestra un botón: el fragmento del final de Don Giovanni (impagable el chándal del Barça del protagonista). Además de la revolución en la dirección de escena, los nuevos cantantes, a veces con más belleza que voz, también han traído el mundo de la moda a los escenarios operísticos. Anna Netrebko, Miah Persson y Elina Garanca en las mujeres y Rolando Villazon, Juan Diego Flores entre los hombres son algunos ejemplos de cantantes atractivos y además con mucho talento. La ópera cambia, como cambia todo alrededor nuestro. Los montajes operísticos son innovadores y transgresores y los cantantes parecen estrellas de Hollywood. Pero al final todo esto acaba importando muy poco, siempre está la música. La música de Mozart, Rossini, Donizetti, Verdi, Puccini… que siempre se hará oír por encima de los divos, de los directores de escena y, por supuesto, de nosotras mismas.
En esta escena final de Don Giovanni (véase artículo del 11 de Noviembre de 2008) la estatua (o el fantasma) del fallecido comendador acude a la casa de Don Juan para cumplir la palabra dada a su asesino. Le insta a arrepentirse de sus crímenes y ante la negativa de éste le arrastra con él a los infiernos.
Éste es, a grandes líneas, el resumen de esta escena. Planteémonos tres supuestos:
· Calixto Bieito quiere mostrarnos los hechos de manera comprensible para el espectador.
No lo consigue. El espectador no se entera de nada de lo que está ocurriendo en escena. La actualización del argumento no aporta nada y los actores-cantantes contradicen con sus actos lo que están diciendo en sus diálogos.
· Calixto Bieito quiere, simplemente, provocar y molestar al público con un montaje “transgresor”.
Molestar sí que molesta, pero no como él lo había pretendido. Molesta al público por que con tanto ruido en escena es incapaz de escuchar la música de Mozart y molesta a los propios cantantes que tienen que estar dando saltos y haciendo estupideces, cuando deberían concentrarse en cantar. En cuanto a lo transgresor del montaje, esta sibila ya ha vivido muchos siglos como para que le llame la atención un refrito de Bigas Luna, Tarantino y Scorsese.
· Calixto Bieito sólo quiere echarse unas risas y hacer una farsa que haga sonreír al público.
Sería gracioso de no ser tan caro, de no ser porque los críticos “modernos” lo aplauden hasta romperse las manos y de no ser porque Calixto Bieito no tiene gracia. Sería más gracioso un montaje de Don Giovanni por los Morancos que éste del insigne Calixto.
martes, 30 de diciembre de 2008
AÑO NUEVO
viernes, 26 de diciembre de 2008
1980: FAMA
Nos emociona porque los humanos habéis sido parte de eso: cortes de pelo horribles y pantalones que llegaban de largo hasta los tobillos. Nos emociona porque, aun con esa estética, nos resulta más real y más enriquecedor que otros Fama que aparecen en televisión últimamente. Nos emociona porque las canciones están en vuestra memoria y en nuestros corazones.
Nos emociona porque esos jóvenes que cantaban “con el tiempo todos seremos como las estrellas” nos parecían ingenuos pero estaban dispuestos a lograrlo. Nosotras no tenemos edad y hemos vivido todas las épocas, también los años 80.
Fama, de Alan Parker, nos emociona porque nosotras también estuvimos allí.
I sing the body electric
I celebrate the me yet to come
I toast to my own reunion
When I become one with the sun
And I'll look back on Venus
I'll look back on Mars
And I'll burn with the fire of ten million stars
And in time
And in time
We will all be stars
I sing the body electric
I glory in the glow of rebirth
Creating my own tomorrow
When I shall embody the earth
And I'll serenade Venus
I'll serenade Mars
And I'll burn with the fire of ten million stars
And in time
And in time
We will all be stars
We are the emperors now
And we are the czars
And in time
And in time
We will all be stars
I sing the body electric
I celebrate the me yet to come
I toast to my own reunion
When I become one with the stars
And I'll Look back on Venus
I'll look back on Mars
I'll burn with the fire
Of 10 million stars
And in time (And in time)
And in time
And in time (and in time)
And in time
And in time (and in time)
And in time
WE WILL ALL BE STARS
miércoles, 24 de diciembre de 2008
LA BUENA (Y MALA) EDUCACIÓN.
Al final del día, me metí en el cine con otra sibila para ver una peli que se llama La Ola (de Dennis Gansel). Esta película, trata entre otras cosas de la educación y de la vulnerabilidad que los jóvenes (y los otros) presentamos en lo que a posturas ideológicas y de relación con los demás se refiere. Merece la pena echarle un vistazo para reflexionar, por ejemplo, acerca de la importancia de la buena (y mala) educación.
SIN RESPUESTAS
A parte de la experiencia de algunos nobles sentimientos lo de ofrecer cosas que de pronto, sin saber por qué, reblandecen el corazón es lo más alucinante que los seres humanos son dueños de aportar a una servidora.
En general, ésta es una sensación estupenda como digo, aunque a veces también se convierte en un sentimiento torturador, como, por ejemplo, cuando surge insistentemente desde todos los rincones de mi estrecho cerebro la frase: NO HAY TIEMPO QUE PERDER.
Hace unas semanas tropecé con una biblioteca. Uno de esos extraños lugares, entre horteras y fascinantes, que me producen un sentimiento de envidia y de hastío, pues a mí los libros me gustan en propiedad. Cuando un libro me emociona me gustaría verlo lucir para siempre en mi estantería. Si ese libro me lo ha prestado, por ejemplo, una biblioteca, me fastidia tener que devolverlo. Y por otro lado me resulta extraño ir a la librería y pagar por un libro que ya he leído y disfrutado. Es un extraño problema para el que, de momento, no tengo solución. A veces me digo que no volveré a una biblioteca nunca más. Pero lo cierto es que cada vez que paso por delante de una de ellas, me resulta muy difícil no entrar. No sé, tal vez sea a causa del mareo que supone pasear por entre los pasillos de libros. El no saber a dónde mirar. El ansia de tener algún día todos esos objetos en mi cueva. Los dibujos, las portadas, las encuadernaciones, los tipos… Creo que la borrachera de todo esto es lo que me incita a visitar estos lugares una y otra vez. Quizá piense (y no me atreva a reconocérmelo) que pasar un ratito allí dentro de cuando en cuando sea suficiente para quedar inoculada con algo de la información que allí se guarda. Maldita idiotota.
Lo cierto es que muchas veces pillo prestados libros o discos o películas que tras tener unas semanas en mi cueva ni leo, ni escucho ni veo. Pero da igual. Pasar un rato en una biblioteca es como hacer una buena acción: Es una cosa que hace sentir bien aunque a veces no sirva para nada.
Sin embargo, hay veces que sí leo o escucho o veo lo que pillo prestado. Una de estas veces que me senté a ver fue para descubrir Blow up (que tiene un infame y absurdo subtítulo en la versión española: Deseo de una mañana de verano), la peli de Antonioni. Es una peli del 67, así es que imagino que, como de costumbre, soy la última en descubrirla.
Me repanchingué en el catre, le dí al “on” y empecé a ver.
Durante el transcurso de la primera escena me tuve que incorporar porque había algo en aquellos fotogramas que me parecía, no sé, muy bello.
Luego vino la sesión fotográfica del prota con aquella modelo en la que terminaban haciendo el amor sin hacerlo. Y luego las demás. Las escenas eran muy largas y se hablaba muy poco. Había mucho de surrealista, de sinsentido. Me gustan las cosas bellas que no necesitan de un sentido.
Blow up aborda, entre otros, un tema que, como actividad preferente de las sibilas que es, siempre me ha excitado mucho: la observación. Esa actividad del voyeur que, en mayor o menor medida, tod@s llevamos dentro y que se ha explorado tantas y tantas veces en el arte. Ahora me vienen a la cabeza El hombre invisible, La ventana indiscreta o la pintura de Hopper, por ejemplo. Esa extraña atracción por asomarnos a la intimidad de los demás sin que estos lo sepan (o a veces sí lo sepan pero hagan como que no lo saben o, sencillamente, no les importe).
Me cautivó desde la primera secuencia (Londres, la cara del prota…) el poder hipnótico de las imágenes.
Si algo me ha gustado siempre de la fotografía frente a la imagen en movimiento es esa mayor facilidad para hacernos creer cualquier cosa. Que esto ocurra en el cine resulta admirable. La verosimilitud es muy importante para mí en el cine, sea la película del género que sea, y ésta es una cuestión más dependiente del trabajo de los actores, del argumento y de los diálogos que de los efectos especiales.
También hay una cuestión en Blow up que a esta sibila atrae mucho y es el interés del director por mostrar el proceso de la investigación más que los resultados obtenidos a partir de la misma.
Para disertar sobre estos últimos (los resultados) ya estamos los demás. O lo están los que quieren una explicación; los que necesitan respuestas. En cierto modo éste es el trabajo de los críticos. A mí modo de ver inventan nuevas historias a partir del trabajo de otros.
Esta película me ha traído a la memoria un pequeño ejercicio que suelo practicar y que me divierte sobremanera. Consiste en poner un trabajo propio que ya tenga cierto tiempo frente a mis narices y rememorar los caminos que me hicieron llegar hasta allí. A menudo descubro caminos nuevos o enlazo con otros que a veces me llevan a nuevos lugares en una ramificación que podría no tener final.
Hay tantas explicaciones para cada cosa como queramos dar.
Me divierte descubrir de cuando en cuando como los artistas bromean con los análisis que de sus obras hacen los demás. Si por algo me gustaría ser una artista (si tal cosa fuera posible) sería porque otros analizaran mis obras y alumbraran nuevos significados y caminos.
Pero, como decía al principio, de Blow up me ha emocionado, sobre todo, como Antonioni juega con la impulsividad, con la imprevisión de los personajes. Los hombres (y mujeres) de Blow up hacen continuamente cosas incomprensibles, sin sentido, lo que hace de ellos seres fascinantes. Esos actos espontáneos y absurdos a mí me resultan muy divertidos e inspiradores. Tal vez porque crea que este comportamiento es propio (al menos más que otros) de los que son libres.
martes, 16 de diciembre de 2008
HUMANOS INMORTALES
Un famoso director de cine comentó que recordaba cuantas películas había realizado debido a que tenía una úlcera por cada rodaje, dando una acertada descripción de la dificultad y la dureza que supone ponerse al frente de un equipo de decenas de personas siendo uno el principal responsable. Manoel de Oliveira ha cumplido 100 años y se encuentra actualmente en el proceso de rodaje de su nueva película.
Oscar Niemeyer acaba de cumplir 101 años de una espléndida lucidez y sigue en activo con varios proyectos arquitectónicos que están en proceso de realización.
Francisco Ayala tiene 102 años y es historia viva del siglo XX en España y toda una realidad en la literatura actual.
Bebo Valdés, el más joven de los cuatro, sólo cuenta con 90 años. Pero su vitalidad sigue intacta en conciertos y grabaciones por medio mundo.
Las sibilas, como es bien sabido, somos inmortales. Para nosotras los años no suponen un merito sin más. Pero hay ocasiones en que las sibilas nos volvemos insignificantes ante unos humanos que han decidido vivir con mayúsculas una vida eterna y ofrecérsela en forma de arte a todas las generaciones que les han acompañado, les acompañan y les acompañarán, seguro, en el futuro.
Eso y sólo eso es ser inmortal.
lunes, 15 de diciembre de 2008
CHOP, CHOP
A veces necesitamos (diría que es muy recomendable) el juicio de otro u otros para validar (contrastar) el nuestro. Este juicio ajeno no tiene que estar en sintonía con el nuestro, sino simplemente ser razonado y fundamentado. Esto es suficiente para que uno tenga otro u otros prismas con los que abordar lo que sea. Tal vez esos argumentos juiciosos, aun siendo distantes a nuestro parecer, nos hagan ver cosas que se nos escapaban o el porqué estamos en lo cierto y, por consiguiente, qué hace que los demás se equivoquen (o no entiendan lo que a veces tratamos de decir).La action painting (o pintura de acción) consiste, básicamente, en derramar pintura sobre un soporte, sin más preocupación.
Jackson Pollock (Wyoming 28 de enero de 1912 – Nueva York 11 de agosto de 1956) fue el máximo exponente de esta corriente americana encuadrada dentro del expresionismo abstracto.
Me parece interesante de esta pintura el automatismo y la no premeditación (como ya hicieron los surrealistas antes y supongo que algunos otros); el hecho de afrontar la obra sin ninguna idea previa, sin bocetos preparatorios y sin fase de investigación. Esa forma de salto al vacío me interesa. Resulta apetecible.
En cuanto a los resultados que Pollock obtuvo a partir de ahí, pues los ahí más y menos atractivos, como es natural. Lo que esta sibila no entiende es el revuelo que se armó en torno a unas cuantas gotas de pintura vertidas al azar sobre un soporte.
Es evidente que Pollock se lo pasaba en grande paseándose con una brocha chorreante por encima de un lienzo. Y como ejercicio terapéutico o de prospección psicoanalítica está de p.m.
Yo veo sus drippings, más que como una obra de arte, como un ejercicio de auto-ayuda.
Estas semanas atrás, cuando salía a la luz en todos los medios la inauguración de la cúpula de la sala tal de las ONU, decorada por Miquel Barceló (Felanitx, Mallorca, 1957), me recordó a las action paintings de Jackson Pollock. Veía a Barceló con su laza-pinturas danzando por la sala apuntando al techo y no podía evitar acordarme de Jackson Pollock y sus chorreones sin ton ni son.

Es digna de admiración la valentía de un hombre como Barceló, al que le dan un enorme montón de pasta y un descomunal lienzo que llenar con entera libertad y lo afronta sin pestañear. Qué tío.
Porque aquí no hay marcha atrás ni posibilidad de indiferencia, no. Aquí hay que acertar sí o sí.
En este asunto ya no encontré conexiones con Jackson Pollock, ya que éste acometía superficies más modestas e invertía presupuestos bastante más raquíticos en sus obras. Con lo cual, si el resultado no era satisfactorio (cosa que entraba dentro de lo posible debido a la ya mencionada improvisación y al automatismo), se arrinconaba y nadie tenía por qué tener noticias de ello nunca jamás.
Sin embargo, lo de Barceló, ay lo de Barceló…
En cuanto al dinero, las sibilas no entendemos mucho de cifras económicas porque sólo manejamos dinero cuando descendemos allá abajo, pero veinte millones de euros se nos antoja mucha pasta en pigmentos. ¿No?
Dicen los mortales que para gustos colores y aquí no faltan, “así es que esto debe contentar a todos”, pensaría Barceló. Ay, qué tío.
Yo, como decía al principio, para todas estas cuestiones necesito de un juicio más meditado que me ayude a entender lo contrario o me ratifique en el juicio propio.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
TEATRO
Ese hombre que está sobre un escenario es un actor, no es la persona que representa. Las frases que dice no son producto de su invención, es un texto aprendido y recitado. Ni su apariencia ni su voz son las que nos ofrece, su aspecto físico está alterado y su voz impostada. Ni siquiera los sentimientos que manifiesta sobre la escena son reales.
Las sibilas no comprendemos muchas cosas de los mortales.
Pero hay cosas que para los mortales no necesitan ser comprendidas sólo sentidas.
Hoy esta sibila ha vuelto a bajar a la tierra y desde una butaca ha escuchado a un actor recitar unas frases que, nos da igual que para él fuesen o no ciertas, para todos los demás sí lo eran.
Será el misterio del incomprensible y maravilloso mundo del teatro.
LEBRET.
Si a reprimirse acertara
tu espíritu… mosquetero,
tuvieras gloria, dinero.
CYRANO.
¿Y a qué precio lo alcanzara?
¿De qué medios me valdría?
Di. ¿Buscando un protector
y medrando a su favor
cual la hiedra que a porfía
el firme tronco abrazando,
lamiéndole la corteza,
suavizando su aspereza,
va poco a poco escalando
la copa? ¿Yo así medrar?
¿Yo por astucia elevarme?
¿De mi ingenio no acordarme
ni con mi esfuerzo contar?
¡No Gracias!
¿Con la pretensión
de que a su mesa me siente,
arrastrarme, cual serpiente
ante estúpido anfitrión,
y ejecutar contorsiones
con agilidad dorsal?
¡No, gracias!
¿Original
talento en sus producciones
suponer en un plagiario,
y adorar noche y mañana
el santo por la peana,
siempre pronto el incensario?
¡No, gracias!
¿Qué cual necio tema
si a otro más necio se irrita?
¿Consagrarme a una visita
mejor que a hacer un poema?
¿O, tras mil y mil desgracias,
a sueldo hacer memoriales
u otros oficios triviales
¡No, gracias! ¡No, gracias!
En cambio… ¡oh, dicha, vencer
gracias al propio heroísmo,
fiando sólo en ti mismo,
pudiendo siempre a placer
himnos de gloria entonar
o denuestos proferir,
soñar, despertar, sentir,
lo que es hermoso admirar;
tener firme la mirada,
la voz que robusta vibre,
andar solo, pero libre,
ponerte, si ello te agrada,
el sombrero de través,
por un sí o un no batirte,
hacer versos o aburrirte,
ser arrogante o cortés;
no escribir nunca, jamás,
nada que de ti no salga,
y, modesto en lo que valga,
pensar que otro vale más;
¡y contentarte, por fin,
con flores, y hasta con hojas,
como en tu jardín las cojas
y no en ajeno jardín!...
En resumen: desdeñar
a la parásita hiedra,
ser fuerte como la piedra,
no pretender igualar
al roble por arte o dolo,
y, amante de tu trabajo,
quedarte un poco más bajo,
pero solo, siempre solo.
EDMOND ROSTAND (Cyrano de Bergerac. Acto II, Esc. VIII).
domingo, 7 de diciembre de 2008
ZIGGY EN TODAS PARTES
Llamé al Top Of The Pop’s de la BBC y me hablaron de un tal Bowie. Me costó cierto trabajo conseguir el disco, pero finalmente me hice con él. El título prometía: The Rise And Fall Of Ziggy Stardust And The Spiders From Mars. Casi nada.
Corrí a mi cueva. Posé la aguja sobre el borde del disco y al momento comenzó a sonar una batería extraña, como de juguete. Era un tema titulado Five Years (años más tarde las sibilas convertiríamos esta canción en un cuento y la ilustraríamos para una publicación). Bowie contaba como un tipo se abría paso en la plaza del mercado conmocionado por la noticia que acababa de conocer: el mundo se acababa en cinco años (el de los mortales, el de los mortales).
Para cuando sonaba la última canción del disco, la inolvidable Rock And Roll Suicide, yo ya estaba convertida a la doctrina del dios Bowie.
Unos meses después estaba en la cola del Hammersmith Odeon para vivir ese concierto final de la gira. Llevaba mi abrigo de pelos imposible y me había emborronado la cara con maquillaje del malo. Una enorme cola humana de múltiples colores daba la vuelta a la manzana. Vi como Angie (la mujer de Bowie en aquella época, la de la canción de los Rolling) salía por la puerta de atrás.
Más tarde, dentro, recibí uno de los reveses más duros de aquellos años. Bowie anunció que Los Spiders From Mars se disolvían y que Ziggy abandonaba su cruzada. Aquel sería el último concierto que darían encarnados como tales personajes. Y lo anunciaba así, en directo; sin anestesia.
A lo largo de cuarenta años he seguido a Bowie en sus giras, he comprado sus discos y no hecho otra cosa sino aumentar mi admiración por su música.
A Bowie tenemos mucho que agradecerle los aficionad@s a esos sonidos denominados genéricamente rock y pop.
La discografía de Bowie puede abordarse prácticamente por cualquier punto y disfrutar de grandes canciones. Incluso sus últimos discos, al contrario que la mayoría de los dinosaurios del pop y del rock, denotan compromiso, muestran dignidad y guardan siempre alguna perla que otra.
Sin embargo, recuerdo aquella etapa glam con especial simpatía. Como algo único e irrepetible. En el Londres de aquellos días se propagó la sensación de que todo era posible, de que podías ser quien quisieras ser. De que era carnaval todo el año.
Cierto es que algunas de aquellas pintas eran realmente horribles y ridículas, y más si las juzgamos desde el presente (con lo injusta que es la distancia), pero en general era divertido ver como cada uno había improvisado su otro yo, tal vez ése que realmente le hubiera gustado ser de haber podido elegir. En ocasiones, ir así vestido te hacía sentir la prota de un cuento fantástico. Y si no, al menos le dabas un festín a tus sentidos.
También es cierto que la música, amigas mías, tan excitante, maravillosa e irrepetible, ayudaba de forma definitiva. Si cerrabas los ojos, podías sentirte en otro mundo. En uno lleno de glamour y color…
Para los que no lo sepan glam es el apócope de glamour y con él se bautizó a este periodo de la historia del rock tan folletinesco, cuyo apogeo duró cuatro o cinco años en los primeros setenta y cuyo eco llega hasta el presente en forma de intermitentes revivals y reivindicaciones incluso más allá de la música.
Todos apuntan a Marc Bolan y a su banda, los T-Rex (de Tyrannosaurus Rex) como el ideólogo de este tinglado. Como en toda revolución se trataba de una ruptura con el estado de cosas imperante en ese momento en el panorama musical (y la cultura urbana). Ante el auge del rock progresivo y el virtuosismo instrumental estos chicos reivindicaban la inmediatez, la espontaneidad, la teatralidad y la diversión en una vuelta a los orígenes del rock.
Escribían canciones cortas, de sonoridad musculosa y rotunda, con riffs de guitarra muy pegadizos. Se interesaban por la poesía romántica y simbolista, la literatura fantástica rollo Tolkien y las historias de otros mundos. Le daban mucha importancia a la imagen y a la puesta en escena. Usaban un vestuario extravagante, de vivos colores, con dorados y purpurinas. Se maquillaban y adoptaban una pose ambigua buscando la reacción en el público.
Desgraciadamente Marc Bolan murió pronto y fue Bowie, amigo y compañero de fatigas, quien tomó las riendas y desarrolló lo que Bolan había apuntado.
Bowie dotó al rock de una teatralidad, una profundidad y un discurso hasta entonces desconocidos. Creó su alter ego Ziggy Stardust, editó el álbum ya citado The Raise And Fall Of Ziggy Stardust And The Spiders From Mars, uno de los discos más celebrados de la historia del rock (el primer disco conceptual del que tengo memoria) y nos divirtió con sus historias fantásticas y sus teatrales conciertos.
Nada volvió a ser lo mismo.

Sin duda, Bowie era el más indicado para encabezar esta revolución. Tenía un pasado ligado al teatro y la mímica. No en vano había sido discípulo de Lindsay Kemp. Lo que hizo llegado el momento fue aportar sus experiencias en ese terreno a la escena rockera. Su estilismo y sus espectáculos bebían en gran medida del vodevil y el espectáculo de variedades. Se rodeó de los mejores artistas (lo cual ha sido una constante a lo largo de su carrera). Supo orquestar en pos de la imaginería glam a maquilladores, diseñadores, fotógrafos y músicos de primera fila para crear todo un universo muy especial…
Hacemos una pausa y os pongo algún tema glamero. Veamos, podría pincharos Space Oddity… o In The Hit Of The Morning o tal vez All The Young Dudes… o There Is A Happy Land, When I Live My Dream, The Wild Eyed Boy From Freecloud, Unwashed And Somewhat Slightly Dazed, She Shook Me Cold, The Man Who Sold The World, Changes, The Width Of A Circle, Life On Mars, Oh! You Pretty Things, Five Years, Queen Bitch, Aladdin Sane, Quicksand, Moonage Daydream, Starman, Drive In Saturday, Lady Stardust, Cracked Actor, Ziggy Stardust, The Jean Genie, Han On To Yourself, Lady Grinning Soul, Suffragette city, Holy Holy, Rock’n Roll Suicide, Sweet Thing, Fame, Rebel Rebel, Young Americans, Station To Station, We Are The Dead, Word On A Wing, Rock’n’Roll With Me, Stay, Big Brother, Breaking Glass, Beauty And The Beast, Golden Years, What In The World, Heroes, Always Crashing In The Same car, The Secret Life Of Arabia, Be My Wife, Sound And Vision, It’s No Game, D.J., Ashes To Ashes, African Night Flight, Modern Love, Move On, Fashion, Teenage Wildlife, Blue Jean, Boys Keep Swingin, Let’s Dance, Dancing With The Big Boys, Look Back In Anger, Scream Like A Baby, Beat Of Your Drum, Because You’re Young, Zeroes, Yassassin, Without You, Glass Spider, Riccochet, `87 And Cry, Too Dizzy, Cat People, You’ve Been Around, Black Tie White Noise, Slow Burn, I’m Afraid Of Americans, Afraid, Little Wonder, The Pretty Things Are Going To Hell, Seven, Seven Years In Tibet, Survive, Something In The Air, Looking For Water, Never Get Old… o…
TIEMPO
El tiempo
Espera en las alas
Habla de cosas sin sentido
Su guión eres tú y yo, chico
El tiempo
Es rubio como una puta
Cae masturbándose al suelo
Su cliente eres tú y yo, chico
El tiempo
Con Quaaludes y vino tinto (1)
Pidiendo Muñecas Intensas
Y otros amigos míos
Tómate tu tiempo
El francotirador del cerebro
La alcantarilla regurgitante
Incestuoso y vano
Y muchos otros nombres
Miro mi reloj y son las 9,25
Y pienso “¡Dios mío! Aún estoy vivo”
Ya deberíamos estar conectados
Ya deberíamos estar conectados
No eres una víctima
Sólo gritas de aburrimiento
No eres tiempo desahuciado
Campanadas, maldita sea, estáis viejas
Os helaréis y cogeréis un resfriado
Porque olvidasteis vuestro abrigo
Tomaos vuestro tiempo
Acabar es duro
Pero seguir en la oscuridad es odioso
Yo tuve muchos sueños
Hice muchos progresos
Y tú, amor mío, fuiste amable
Pero el amor te dejó sin sueños
La puerta de los sueños estaba cerrada
Tu parque era verdadero, pero seco
Quizás sonrías ahora
Sonrías en esta oscuridad
Pero lo único que puedo darte
Es culpable por soñar
Ya deberíamos estar conectados
Ya deberíamos estar conectados
Ya deberíamos estar conectados
¡Tiempo!
(1) Quaaludes: Marca de píldoras tranquilizantes. Su mezcla con vino produce un gran pelotazo (NO PROBAR).
Hay varias películas que de un modo u otro hablan sobre lo que todo aquello supuso: El fantasma del paraíso, de Brian de Palma, Rocky Horror Picture Show, de Jim Sharman, Hedwig and the Angry Inch, de John Cameron Mitchell y algunas otras.
A mí, si me permitís, me gustaría recomendaros Velvet Goldmine (el título está sacado de una cara b de Bowie, un tema menor), de Todd Heynes, ese director tan interesante que estrenó el año pasado un personal homenaje a Dylan (I’m Not There) en el que Cate Blanchett (han leído bien) encarna al cantante durante parte de la película.
El derroche de imaginación y de fantasía están a la altura de lo que la película recrea.
La historia está seudo inspirada en las biografías de David Bowie e Iggy Pop durante esos años del glam. La protagonizan Jonathan Rhys Meyers y Ewan Mcgregor (Bowie y Pop respectivamente en dos de sus interpretaciones más espectaculares y curiosas) junto a Toni Collette y Christian Bale, entre otros.
Del vestuario y el maquillaje sólo apuntaré que son sencillamente espectaculares.
Y, por supuesto, la banda sonora es imprescindible. En ella está lo más granado del periodo glam (salvo Bowie, que no quiso saber nada del asunto vayan ustedes a saber por qué) con temas originales de la época y también composiciones nuevas hechas ex profeso.
Se formaron unas superbandas con gente como Mark Arm de Mudhoney; Ron Asheton de The Stooges; Thurston Moore y Steve Shelley de Sonic Youth; Mike Watt de Minutemen y Don Fleming de Gumball; Thom Yorke y Jon Greenwood de Radiohead; Andy McKay de Roxy Music; Bernard Butler de Suede o Paul Kimble de Grant Lee Buffalo, que tocaron como bandas de acompañamiento de los ficticios artistas de la película.
Hablar de la influencia de Bowie en la música y la estética actual y pretérita sería motivo de un artículo larguísimo que no me siento con fuerzas de abordar. Pero, es fácil deducir que bebieron de él, por poner algunos ejemplos, la estética punk (surgida inmediatamente después) y toda la música pop y rock de los setenta, la movida madrileña y el primer cine de Pedro Almodóvar, estilos posteriores como el olvidable glam metal o bandas más recientes como Suede o Placebo.
A veces tropezando con el rastro de Bowie en biografías de gente tan dispar como los Ramones o Nirvana tengo la deformada sensación de que Bowie y su estética glam lo ha salpicado todo y a todos. Una servidora cree ver la sombra de Bowie en todas partes.
sábado, 6 de diciembre de 2008
RON MUECK
viernes, 5 de diciembre de 2008
UNA SIBILA CANTA
Hace poco tiempo volvimos a ver a otra gran soprano haciendo el famoso y repetido número circense de romper una copa de cristal con su potencia vocal. ¿Qué le habría hecho la copa? El efecto resulta llamativo y requiere de una gran técnica y capacidad pulmonar, pero eso, desde luego, no es cantar. Las y los cantantes gritones, rompan copas o tímpanos, gozan de un gran aplauso y admiración entre el público. Expresiones como: “tiene una gran voz” o “llega a las notas más agudas” pueden ser muy válidas para un concurso de bocinas de coche, pero tiene que ver muy poco con el arte de cantar y cantar bien. Estilos aparte, las sibilas valoramos, como cantantes que somos, la dificultad que supone hacer música con la voz. Pero ya sea con un piano, una guitarra o cantando el intérprete debe transmitirnos sus emociones y emocionarnos a nosotras, y para eso no es necesario dar alaridos ni alcanzar la nota más alta. Se puede susurrar, gritar (con ganas) o simplemente cantar con gusto.Tras la invasión de los tres tenores, las tres sopranos, los diez tenores, los tres sacerdotes (todos son auténticos, no es broma) y todos los il divo que aparecen cada año para gritar con voz “lírica” las más conocidas arias de opera o los boleros de ayer y de hoy, puede parecer que la batalla está perdida. Los rompedores de copas siempre estarán ahí, ahora sólo nos queda guardar la cristalería y escuchar a buenos cantantes.
La sibila que aquí canta es Cecilia Bartoli y nos encanta escucharla.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
LA SONRISA DE LA SIBILA
Dos músicos o humoristas, o quizás las dos cosas, llamados Igudesman & Joo creen que para tocar el famoso preludio en Do#m de Rachmaninov no es necesario tener las manos grandes. Y en verdad nos han convencido. Igudesman & Joo (imprescindibles sus videos y actuaciones) no tendrán jamás el inmenso talento de Mozart, Bach y Rachmaninov, pero sin duda tienen mucha mas gracia. Y hay que reírse del arte, al menos tanto, como parte de los artistas intentan reírse de nosotros.
¿Estamos cansadas de tanta admiración, de tanta contemplación? ¿Somos más irreverentes? ¿Creemos que el humor y la parodia es el reverso de la moneda del arte?
¿Acaso las sibilas hemos dejado de ser serias? ¿O es que a lo mejor… no somos Sibilas?
lunes, 1 de diciembre de 2008
UNA HISTORIA ÍNTIMA
A mí y a mis compañeras esto nos ocurre a menudo. Las sibilas somos seres muy fantasiosos. En mi caso, cuando sucede, el personaje pasa a formar parte de mi galería de referentes, a los cuales acudo, de cuando en cuando, para repasar sus historias (inventadas o no) e incluso engordarlas.
Uno de estos personajes que hoy me viene a la memoria es…
Este mortal austriaco vivió, desgraciadamente, unos cortos 28 años entre finales del XIX y principios del XX. Fue discípulo de Klimt, el cual le influyó de forma evidente (y al cual siempre admiró). Sin embargo, nunca gozó del status y la reputación de este último. Muy a su pesar, gozaba de un decoroso pero tibio segundo plano. Klimt lo ayudó siempre que pudo, pues le parecía que el chaval tenía aptitudes (y actitud). Pero era Klimt el paradigma de la modernidad y la vanguardia en la sociedad vienesa de su tiempo.
A mí los dos me parecen un diez en glamour.
Egon (que quiere decir ego enorme), fue el pintor de cámara (cueva) de las sibilas. Nos retrató en la intimidad en infinidad de ocasiones.
Mientras que Klimt pintaba señoras y señoritas sonrosadas envueltas en mantas doradas de dibujos geométricos, Schiele nos dio un tono cerúleo que nos confería un puntito decadente y taciturno (romántico) que, oigan, a nosotras nos pareció muy rechulón.
A menudo se pintaba (y nos pintaba) en actitud relajada, como distraído con sus cosas. Schiele, poco a poco, fue alejando su estilo del de su maestro hasta distinguirse claramente.
Cierto es que ambos mantuvieron siempre un gran interés por el cuerpo desnudo y la sexualidad humana. Sin embargo, hay un plus de tensión erótica en la pintura de Schiele con respecto a la de Klimt. Hay oscuridad, tormento; hay atrevimiento y verdad. Como dice Kai Artinger, Schiele “posee un instinto sexual torturador”. Las posturas de sus modelos son extravagantes y de gestos extremos, lo cual dota a las imágenes de un dramatismo penetrante que impresiona para siempre.
Y qué decir de esas manos hieráticas siempre en un gesto de crispación enloquecida, como tratando de expresar desesperadamente algún sentimiento profundo.
Todos estos matices nos perturban cuando admiramos su obra. Pero por encima de todo nos hipnotiza una cosa: la línea de sus dibujos. Era cortante, continua y segura. Daba la sensación de que no tenía dudas con respecto a lo que quería plasmar. Y que además lo hacía con autoridad y absoluto control.
No tenía miedo y eso era fascinante.
La pintura de Klimt, dentro de su genialidad, nos parecía más servil. Más ostentosa. Más espectáculo, en definitiva. Siempre percibí en Schiele una menor necesidad de agradar.
Recuerdo que era un tipo extravagante. Mantuvo toda su vida un porte esbelto, un peinado esculpido y una mirada huidiza y lunática.
A las sibilas nos encantaba posar para él. Siempre nos atrajo esa gente que con un gesto nos hace creer que posee una libertad imposible de domar.
Nos sobrecogió su arte y nos sigue sobrecogiendo después de todos estos años. Es de una belleza cautivadora. ¡Lo que hubiera dado yo por ver con su retina!
Ahora, cada vez que pienso en Schiele no puedo evitar sentir algo de pena. Me entristece que a Klimt lo conozca todo el mundo y a Schiele sólo medio. Así es que desde aquí nos gustaría mostrárselo al otro medio de entre los tres cuartos que, como poco, siguen este blog.